"Los ves llegar, tan jóvenes y fuertes, tan convencidos de que ellos serán diferentes, y más tarde los ves hundirse cada vez más en la porquería, igual que sus padres y abuelos. Lo que creo es que ella volverá con él, que él se portará bien durante un tiempo. Luego le volverá a pegar y ella se volverá a marchar. Es como una de esas estúpidas canciones country que hay en los tocadiscos de los restaurantes, y algunas personas tienen que escuchar una canción muchas, pero que muchas veces antes de decidir que no quieren escucharla más. Claro que ella es una chica muy inteligente. Creo que con una estrofa más ya tendrá suficiente."
domingo, 18 de agosto de 2013
lunes, 20 de mayo de 2013
R-Evolución.
Me gustaría hablar sobre un tema del que mucha gente habla y poca gente reflexiona. ¿Es posible hacer la revolución de una forma pacifista? Bien, bajo mi punto de vista no, no es posible. De hecho, la única revolución pacifista que podría llevarse a cabo es una huelga general indefinida, es decir, que un 95% de personas (por decir un porcentaje aproximado) no fuese a su lugar de trabajo y saliesen a la calle a protestar por cuyos derechos les están siendo arrebatados frente a sus narices, hasta que el gobierno nos escuchase. La ciudad quizá se volvería un caos, sí, pero ¿quién resistiría más? Realmente, ¿qué harían ellos sin nosotros? Los obreros pueden funcionar sin la empresa, pero la empresa no puede funcionar sin obreros.
Como decía, la huelga general indefinida es un hecho prácticamente imposible como ya se ha podido comprobar. Y, ¿qué absurdez es esa de hacer huelga un día y encima salir huyendo cuando ven aparecer a las “grandes fuerzas del estado”, las cuales deberían protegernos, y no dañarnos? ¿Por qué no les plantamos cara? “En una revolución se triunfa o se muere, si ésta es verdadera”, como diría Che Guevara. La clase media y baja, los obreros, los estudiantes, las mujeres, los inmigrantes, los médicos, los explotados en general; todos esos sectores de los cuales está abusando el gobierno sin ningún tipo de miramiento. Somos más que ellos y, realmente, tenemos la ciudad en nuestras manos. Solo nos hace falta darnos cuenta.
Como decía, la huelga general indefinida es un hecho prácticamente imposible como ya se ha podido comprobar. Y, ¿qué absurdez es esa de hacer huelga un día y encima salir huyendo cuando ven aparecer a las “grandes fuerzas del estado”, las cuales deberían protegernos, y no dañarnos? ¿Por qué no les plantamos cara? “En una revolución se triunfa o se muere, si ésta es verdadera”, como diría Che Guevara. La clase media y baja, los obreros, los estudiantes, las mujeres, los inmigrantes, los médicos, los explotados en general; todos esos sectores de los cuales está abusando el gobierno sin ningún tipo de miramiento. Somos más que ellos y, realmente, tenemos la ciudad en nuestras manos. Solo nos hace falta darnos cuenta.
jueves, 11 de abril de 2013
Mitológico.
Pienso que... pienso que cuando todo se termina, cuando realmente te das cuenta de que todo se ha terminado, justo en el momento en el que tu cabeza ya lo ha asimilado pero tu corazón todavía alberga una mínima esperanza, todos los recuerdos vuelven en flashes. Es como un caleidoscopio de alusiones a su existencia, simplemente vuelve todo aquello, pero él nunca lo hace. Un capricho estúpido, doloroso pero necesario de la memoria cuya respuesta del cuerpo son las lágrimas.
Creo que una parte de mí supo, en el momento justo en que le vi, que esto pasaría. No fue algo que hiciese o dijese, era tan solo una sensación. Una sensación de mezcla de sentimientos que aturdía, pero que al mismo tiempo accionaba algún extraño mecanismo de mi cuerpo y desplegaba mi sonrisa. No sé si algún día podré volver a sentirlo de nuevo. Tampoco sé si debería.
Sabía que su mundo se movía demasiado rápido, que incluso quemaba, pero simplemente pensé: ¿Qué pierdo por divertirme un poco? Quizás él lo sabía cuando me vio. Sintió la inocencia en mis ojos, la saboreó en mi boca. Supongo que simplemente perdí el equilibrio. Cerré los ojos al mundo y me lancé al vacío. Como un suicidio en vida. Como un cáncer invisible.
Pero la peor parte de todo no fue perderle a él, fue perderme a mí misma.
Creo que una parte de mí supo, en el momento justo en que le vi, que esto pasaría. No fue algo que hiciese o dijese, era tan solo una sensación. Una sensación de mezcla de sentimientos que aturdía, pero que al mismo tiempo accionaba algún extraño mecanismo de mi cuerpo y desplegaba mi sonrisa. No sé si algún día podré volver a sentirlo de nuevo. Tampoco sé si debería.
Sabía que su mundo se movía demasiado rápido, que incluso quemaba, pero simplemente pensé: ¿Qué pierdo por divertirme un poco? Quizás él lo sabía cuando me vio. Sintió la inocencia en mis ojos, la saboreó en mi boca. Supongo que simplemente perdí el equilibrio. Cerré los ojos al mundo y me lancé al vacío. Como un suicidio en vida. Como un cáncer invisible.
Pero la peor parte de todo no fue perderle a él, fue perderme a mí misma.
jueves, 7 de marzo de 2013
AGAIN.
Cuando era más pequeña ponía los brazos dentro de la camisa y decía a la gente que había perdido mis brazos. Solía resetear los videojuegos cuando sabía a ciencia cierta que iba a perder. Me iba a dormir con todos mis pequeños peluches para que ninguno de ellos se sintiera ofendido. Cuando me compraron el bolígrafo de seis colores también intenté apretarlos a todos a la vez. Me escondía detrás de las puertas para asustar a la gente pero acababa desistiendo porque nadie pasaba o porque tenía que ir al baño. Fingía estar dormida para que mi padre me llevara a la cama. Pensaba que la luna seguía a mi coche. Me quedaba fijamente mirando las gotas que caían en mi ventana y pensaba que hacían carreras. Creía que si me comía las semillas de las frutas crecería un árbol en mi estómago y podría morir.
¿Recuerdas cuando éramos niños y no podíamos esperar a crecer?
¿En qué estábamos pensando?
Ser mayor tan solo significa desear volver a ser pequeño.
Toma toda tu vida.
Cada emoción, cada sentimiento, todo aquello que has experimentado.
Ponlo a centrifugar,
separa la presión, la ansiedad y el estrés.
Deja que lo único que te quede en la vida sea
el optimismo, la esperanza, el amor y la pasión.
jueves, 28 de febrero de 2013
Maldita depresión que me come desde dentro.
Ya no puedo más. No puedo más, en serio. Esta sensación es totalmente insoportable, creí haberme acostumbrado hace tiempo, pero estaba equivocada. Todo es una mierda. Comenzando por el puto sonido del despertador, puta canción que se me clava en la cabeza y me provoca un mal humor permanente, como si tuviese una mosca en la oreja todo el maldito día. No soporto que suene cada día a las 7, no puedo vivir un solo día más con esta sensación de abatimiento, que provoca que lo primero que piense al despertarme es cómo evitar tener que levantarme.
Y me resigno, me siento en la cama, miro a mi alrededor y no siento nada, no veo nada. Y sé a ciencia cierta que todas esas fotos colgadas me hicieron sonreír cada mañana una vez, ¿y ahora? Nada. Frío, un frío que se cuela hasta el tuétano, un frío constante, un frío que duele. ¿Dónde cojones están todos los demás sentimientos que yo solía tener? ¿Dónde está la sonrisa con la que me levantaba y me acostaba? ¿Dónde están las malditas ganas de vivir?
Luego el autobús. Asqueroso autobús lleno de asquerosos niños drogados por sus madres cada mañana, que chillan, que hablan, que dan golpes, que me miran y se ríen, ignorando que en mi mente les estoy matando lenta y dolorosamente. Y la monitora y el conductor, que se empeñan en darme los buenos días aunque mi cara parezca encenizada y dé miedo mirarme.
Pero llega el cigarrillo, quince minutos de agradable charla con personas que no volveré a ver dentro de unos meses, quince minutos de matarme poco a poco, quince minutos de abstracción. Quince. Maldito número que me ha llevado a la ruina. Maldito sentimiento de amor no compartido, malditas ganas de darlo todo aún no recibiendo nada a cambio, maldita sensación de que me utiliza, malditas drogas.
Y lo siento, lo siento por todas aquellas personas que se preocupan aunque intente con todas mis fuerzas fingir que todo va bien, lo siento por todas esas personas que me quieren y solo reciben de mí seriedad y frases cortas con punto y final, lo siento por sentirme tan sola aún estando rodeada, lo siento por no ver lo que tengo, lo siento a todas aquellas personas a las que he empujado, chillado o insultado por no tener un buen día.
Más tarde llego a casa y me encierro en la habitación. Una habitación verde con una improvisada cenefa roja, una habitación a la que una vez intenté darle vida pero que sigue sin transmitirme nada. Maldito lugar cerrado en el que me paso la vida, en el que lloro cada noche, en el que planeo mi suicidio y más tarde lo rechazo, en el que me fumo el estrés y aún así me persigue. Y veo los libros, y la lista de cosas que tengo que hacer, y el calendario de exámenes, y los post-its, y... y..., y vuelvo a llorar. Pero lloro en silencio y la rabia se me acumula en la garganta, quiero chillar pero no puedo, quiero destrozarme los nudillos contra la puerta pero me reprimo.
Notas bajas, becas que no me conceden por mi pésima capacidad, preguntas tontas, tiempo perdido, y los platos que se amontonan en el fregadero, y la cocina que está sucia, y los sábado limpiar los baños, y un padre que no hace nada, y una hermana que tampoco, y una madre harta de nosotros, y yo... que tan solo quiero desaparecer, que se acabe el mundo, que nos convirtamos en polvo, que este estrés me lo quiten de una hostia, que llegue la calma, que lleguen los suspiros, soltarlo todo.
Y me resigno, me siento en la cama, miro a mi alrededor y no siento nada, no veo nada. Y sé a ciencia cierta que todas esas fotos colgadas me hicieron sonreír cada mañana una vez, ¿y ahora? Nada. Frío, un frío que se cuela hasta el tuétano, un frío constante, un frío que duele. ¿Dónde cojones están todos los demás sentimientos que yo solía tener? ¿Dónde está la sonrisa con la que me levantaba y me acostaba? ¿Dónde están las malditas ganas de vivir?
Luego el autobús. Asqueroso autobús lleno de asquerosos niños drogados por sus madres cada mañana, que chillan, que hablan, que dan golpes, que me miran y se ríen, ignorando que en mi mente les estoy matando lenta y dolorosamente. Y la monitora y el conductor, que se empeñan en darme los buenos días aunque mi cara parezca encenizada y dé miedo mirarme.
Pero llega el cigarrillo, quince minutos de agradable charla con personas que no volveré a ver dentro de unos meses, quince minutos de matarme poco a poco, quince minutos de abstracción. Quince. Maldito número que me ha llevado a la ruina. Maldito sentimiento de amor no compartido, malditas ganas de darlo todo aún no recibiendo nada a cambio, maldita sensación de que me utiliza, malditas drogas.
Y lo siento, lo siento por todas aquellas personas que se preocupan aunque intente con todas mis fuerzas fingir que todo va bien, lo siento por todas esas personas que me quieren y solo reciben de mí seriedad y frases cortas con punto y final, lo siento por sentirme tan sola aún estando rodeada, lo siento por no ver lo que tengo, lo siento a todas aquellas personas a las que he empujado, chillado o insultado por no tener un buen día.
Más tarde llego a casa y me encierro en la habitación. Una habitación verde con una improvisada cenefa roja, una habitación a la que una vez intenté darle vida pero que sigue sin transmitirme nada. Maldito lugar cerrado en el que me paso la vida, en el que lloro cada noche, en el que planeo mi suicidio y más tarde lo rechazo, en el que me fumo el estrés y aún así me persigue. Y veo los libros, y la lista de cosas que tengo que hacer, y el calendario de exámenes, y los post-its, y... y..., y vuelvo a llorar. Pero lloro en silencio y la rabia se me acumula en la garganta, quiero chillar pero no puedo, quiero destrozarme los nudillos contra la puerta pero me reprimo.
Notas bajas, becas que no me conceden por mi pésima capacidad, preguntas tontas, tiempo perdido, y los platos que se amontonan en el fregadero, y la cocina que está sucia, y los sábado limpiar los baños, y un padre que no hace nada, y una hermana que tampoco, y una madre harta de nosotros, y yo... que tan solo quiero desaparecer, que se acabe el mundo, que nos convirtamos en polvo, que este estrés me lo quiten de una hostia, que llegue la calma, que lleguen los suspiros, soltarlo todo.
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