A veces me olvido que la intolerancia de la gente va mucho más allá del color de piel.
Hemos pasado de despreciar a la gente de color para pasar a despreciar cualquier gusto diferente al nuestro.
La gente ya no puede expresarse libremente, por el miedo al qué dirán.
Te
discriminan por tus gustos musicales, por ser de otro lugar, por tu
posición social, por la orientación sexual, por la religión...
Así no hay quien viva.
No
a todo el mundo le gusta la música clásica, quizá yo prefiera un piano a
un violín. ¿Y qué si alguien es fan de Justin Bieber? ¿Y qué si
prefieren la monotonía de Pitbull, el machismo del reggaeton? No todo el
mundo que conoce el dubstep sabe apreciarlo. Quizá parece ruido. ¿Y
qué? Muchos jóvenes desearían haber nacido en otras épocas, para poder
acudir a los conciertos de sus actuales grupos favoritos. Otros
prefieren acudir a discotecas y bailar bajo un mismo patrón.
Pero no he venido a hablar de esto.
¿Qué
pensaría de mí la gente si ahora admito que me gusta que usen los
cinturones sobre mí, y no solo para sujetar los pantalones? ¿Qué pasaría
si digo que me encantan los disfraces, las máscaras o pasamontañas, las
bolas para tapar la boca o, simplemente, un pañuelo? ¿Qué pasaría si
confieso que me encanta sentirme sujeta, con las cuerdas apretando mis
muñecas, mis piernas o mi abdómen? ¿Qué pasa si digo que no puedo
terminar si no me coges del cuello?
La gente huiría de
mí. Bromearía. Me pegaría pensando que me es agradable. No puedo decirle
esto a nadie por miedo al qué dirán. No puedo
expresarme. Porque la gente piensa que estoy loca, que tengo una
enfermedad. Pero ¿sabéis? Mientras vosotros os limitéis a meter y sacar
la polla, yo pasaré una sesión entera llena de orgasmos y placer.
sábado, 23 de junio de 2012
miércoles, 30 de mayo de 2012
La sombra del viento.
Clara describía personas, escenarios y objetos que nunca había visto con sus propios ojos con un detalle y una precisión de maestro de la escuela flamenca. Su idioma eran las texturas y los ecos, el color de las voces, el ritmo de los pasos.
Me preguntaba qué podía ver ella en mí como para ofrecerme su amistad, sino acaso un pálido refrejo de ella misma, un eco de soledad y pérdida. En mis sueños de colegial siempre seríamos dos fugitivos cabalgando a lomos de un libro, dispuestos a escaparse a través de mundos de ficción y sueños de segunda mano.
Aquel verano llovió todos los días, y aunque muchos decían que era castigo de Dios porque habían abierto en el pueblo un casino junto a la iglesia, yo sabía que la culpa era mía y solo mía porque había aprendido a mentir y guardaba todavía en los labios las últimas palabras de mi madre en su lecho de muerte: nunca quise al hombre con quién me casé, sino a otro que me dijeron que había muerto en la guerra; búscale y dile que morí pensando en él, porque él es tu verdadero padre.
Me preguntaba qué podía ver ella en mí como para ofrecerme su amistad, sino acaso un pálido refrejo de ella misma, un eco de soledad y pérdida. En mis sueños de colegial siempre seríamos dos fugitivos cabalgando a lomos de un libro, dispuestos a escaparse a través de mundos de ficción y sueños de segunda mano.
Aquel verano llovió todos los días, y aunque muchos decían que era castigo de Dios porque habían abierto en el pueblo un casino junto a la iglesia, yo sabía que la culpa era mía y solo mía porque había aprendido a mentir y guardaba todavía en los labios las últimas palabras de mi madre en su lecho de muerte: nunca quise al hombre con quién me casé, sino a otro que me dijeron que había muerto en la guerra; búscale y dile que morí pensando en él, porque él es tu verdadero padre.
jueves, 26 de abril de 2012
Esta noche.
Acabando el sol y entrando la luna, recuerdo las promesas
que una noche nos dijimos, de mi boca a tu oído llegaban todas las palabras que
no nos escribimos, verdades vueltas falsedades con el tiempo, miradas que no se
repetirán, momentos de felicidad fugaces que caen en la oscuridad de la noche
precedida por luces de ausencias. Este instante de llorar sin lágrimas, de
querernos sin sentir, es incluso más nocivo que el pasado y es destructor
movimiento hasta nuestro presente que nos obliga a vivir juntos esta noche de
soledades.
martes, 24 de abril de 2012
Cartas.
Yo, que nunca estaba seguro ni de la hora que era, asentí con la convicción del ignorante. Me quedé viéndola alejarse por aquella galería infinita hasta que su silueta se fundió en la penumbra y me pregunté qué es lo que había hecho.
Abrí el sobre y extraje la carta, una lámina de color ocre nítidamente doblada por la mitad. Un trazo de tinta azul se deslizaba con aliento nervioso, desvaneciéndose paulativamente y volviendo a cobrar intensidad cada pocas palabras. Todo en aquella hoja hablaba de otro tiempo: el trazo esclavo del tintero, las palabras arañadas sobre el papel grueso por el filo de la plumilla, el tacto rugoso del papel. Alisé la carta sobre el mostrador y la leí, casi sin aliento.
Quizá me quería, a su manera, como yo la quise a ella, a la mía. Pero no nos conocíamos. Quizá porque nunca la dejé conocerme, o nunca di un paso por conocerla a ella. Pasamos la vida como dos extraños que se han visto todos los días y se saludan por cortesía. Y pienso que quizá murió sin perdonarme.
Abrí el sobre y extraje la carta, una lámina de color ocre nítidamente doblada por la mitad. Un trazo de tinta azul se deslizaba con aliento nervioso, desvaneciéndose paulativamente y volviendo a cobrar intensidad cada pocas palabras. Todo en aquella hoja hablaba de otro tiempo: el trazo esclavo del tintero, las palabras arañadas sobre el papel grueso por el filo de la plumilla, el tacto rugoso del papel. Alisé la carta sobre el mostrador y la leí, casi sin aliento.
Quizá me quería, a su manera, como yo la quise a ella, a la mía. Pero no nos conocíamos. Quizá porque nunca la dejé conocerme, o nunca di un paso por conocerla a ella. Pasamos la vida como dos extraños que se han visto todos los días y se saludan por cortesía. Y pienso que quizá murió sin perdonarme.
domingo, 15 de abril de 2012
Solo creo en amores de una noche.
-¿Por qué tienes remordimientos?
-Por las cosas que hago.
-¿No te ha pasado nunca, que mientras haces las cosas, sabes que estás haciendo mal pero aún así en ese momento no puedes corregirlo?
-Exacto.
-Es algo horrible porque eres consciente en todo momento pero no puedes pararte a ti mismo. Como si fueras espectador de otra vida que, en realidad, es la tuya.
-Quizá la culpa de no encontrar alguien para mí sea mi estúpida manera de ver las cosas. Quizá sea mi visión de chico perfecto, no sé, no busco un puto principe azul, ni si quiera me importa que se acuerde de mí a cada segundo. Solo pido un poco de atención, que mi voz interior me diga que soy más especial que las demás. Aunque sea un poco.
-Por las cosas que hago.
-¿No te ha pasado nunca, que mientras haces las cosas, sabes que estás haciendo mal pero aún así en ese momento no puedes corregirlo?
-Exacto.
-Es algo horrible porque eres consciente en todo momento pero no puedes pararte a ti mismo. Como si fueras espectador de otra vida que, en realidad, es la tuya.
-Quizá la culpa de no encontrar alguien para mí sea mi estúpida manera de ver las cosas. Quizá sea mi visión de chico perfecto, no sé, no busco un puto principe azul, ni si quiera me importa que se acuerde de mí a cada segundo. Solo pido un poco de atención, que mi voz interior me diga que soy más especial que las demás. Aunque sea un poco.
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